EL ÚLTIMO NARRADOR




Las ciudades son cementerios de cadáveres que aún caminan, llenas de neurosis compulsiva. Nadie se revela ante el tiempo productivo: nadie que nazca para morir se pregunta el narrador ­–piensa,  que solamente el tiempo de vida es simplemente el tiempo productivo-. El narrador que sobreviva a la extinción del último ser humano, verá apagarse la última sonrisa, la última hoguera, sollozar  el último llanto; la explosión de la última creatividad y estupidez humana, el fin de la última guerra, proclamar la última derrota de la especie humana; contemplar la victoria de la naturaleza. Pronunciar la última palabra, la muerte de todos los idiomas, muerte de todas las ideologías, de las opresiones tecnológicas, económicas, políticas y religiosas. Muerte de todos sus dioses, muerte de las artes, de todas las inquisiciones, Instituciones y dictaduras. El narrador que sobreviva a todas las guerras, pestes y pandemias; ¿Que podrá narrar?  Seguramente narrará: que los mares se limpian, que el aire se aligera, que el cielo se despeja, que los bosques reverdecen; que en el interior de los grandes rascacielos crecen vigorosamente árboles magníficos que  penetran la atmosfera sin partículas toxicas, y que asoman sus ramas rompiendo los cristales, de los ventanales de los edificios: de las bolsas de valores, de los bancos, de los palacios presidenciales, de las fábricas, (campos de concentración de obreros); escuelas, universidades hospitales, centros comerciales. Los ojos del narrador presencian que los bosques majestuosos recuperan la tierra que les arrebató el asfalto, que el agua recobra los espacios que le usurpo la ciudad. La civilización humana. El narrador cuenta que el último ser humano no murió por la pandemia, cuenta que perecido de egoísmo, avaricia,  locura y soledad; imbuido  en las apariencias  virtuales de la amistad y la solidaridad.   La diégesis ( el desarrollo narrativo de los hechos ) retrata que era solo el vestigio de una especie transitoria que vino de  primates bípedos, y que ahora ya no está. Su pariente  más cercano sigue en pie, y juega encima de las ruinas. El narrador se pregunta entonces: ¿Qué es realmente la evolución? El narrador, otea  la historia humana; que como en un filme de ficción se reproduce inversamente de fin a principio, y que dura tan solo segundos. Lo que tardo millones de años en surgir; ahora, y ya mismo, pasan por las células del cristalino a la retina velozmente en fotogramas. Más o menos entre 70 mil a 140 mil años de historia del Homo sapiens sapiens han concluido. 1.500 cm3 de masa cerebral se pudren con su ciencia y tecnología; digeridos por virus líquidos y bacterias. Desaparece todo vestigio humano. ¿El narrador del pos apocalipsis que podrá narrar? ¿Si ya contemplo la mismísima nada? El narrador es el único testigo de la desaparición de la humanidad;  y concluye que es más fácil narrar el fin del mundo, que el fin del capitalismo, citando a: Friedrich Jameson.  El narrador  siente la implosión del tiempo en su tiempo narrativo, le produce  una aporía (Paradoja o dificultad lógica de la razón): pronuncia su última palabra: -¡tú, y yo lector, seremos presa de lo irreal, de éso que ya no existe; pero que un día existió en la imaginación del homo sapiens sapiens: El mundo!-.
Eduardo Meneses /2020









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